Condena Injusta por Prejuicio Cultural

Enero 21, 2000 at

Por: Santiago Ventura Morales

Después de cuatro años y medio tras las rejas de la prisión del estado de Oregon, hay mucho de que hablar sobre la injusticia y el sufrimiento que se sufre en este país por ser campesino y más que nada como indígena. La frase “preso sin delito”, que se escucha en un corrido o en una película, es algo que yo sufrí en carne propia. Eso, en el sentido de estar en una prisión sentado en medio de criminales y verdugos en el sistema jurídico del estado.

El incidente comienza cuando en un campo de trabajadores apodado “El Gato”, en Sandy Farm en el estado de Oregon, surge una disputa entre los mismos trabajadores en una convivencia. Esto sucedió el 13 de Julio de 1986; Por lo tanto, el día siguiente encontraron a un campesino Mixteco muerto, tirado en un campo de fresa. Esa misma mañana, varios de nosotros fuimos detenidos por la policía del condado. Esa misma noche, la policía me detuvo con otros compañeros y como no nos encontraron sospechosos, nos dejaron libres.

El día siguiente resulta que yo estaba en la lista de la policía como sospechoso del crimen, por la razón que me habían detenido la noche anterior. Con el grupo que yo estaba, eramos seis individuos, casi todos hablabamos muy poco el Español y entedíamos muy poco lo que estaba ocurriendo en ese momento. Sin embargo, en el Departamento de Policía, la amenaza era bastante duro para todos nosotros. Por ejemplo, a mi me presionó mucho un oficial para que yo culpara a otros compañeros presentes. Por lo que yo me rehusé hacer y entonces el detective decide dejarme como un sospechoso principal. Después de una semana con amenazas, lograron a convencer a los demás campañeros de culparme por el asesinato. Esto incluye, amenazandolos con la silla eléctrica y tiempo a la prisión si no atestiguaran en mi contra durante el juicio. Más tarde, uno de ellos se convierte el testigo número uno del estado y esto bastó para que el Departamento de Policía de calificarme como sospechoso del caso. Mientras tanto, el verdadero asesino huyó esa misma noche para California y más tarde para México.

Mi segundo día en la cárcel, vinieron unas personas para hablar conmigo, pero yo no sabía que querian. Yo no hablaba el Español bien, muchos menos el Inglés; tampoco ellos hablaban ni siquiera el Español. Lo único que entendí de ellos era que yo tenía unos papeles. Más tarde me enteré que ellos eran los que hiban a representarme con el caso.

El juicio empezó para durar un poco más de doce días. Antes de eso, yo no tenía ni la menor idea que era “un juicio” o“un jurado”. Todo parecía extraño, aparte de que me tenían como un sospechoso del asesinato. Durante el juicio, el abogado demandante no se cansaba de predicar que yo era el asesino enfrente de todo el jurado. Pero antes, el detective, el abogado del estado y unos de los oficiales habían usado una series de tácticas para forzar el testigo de inventar su testimonio. Consecuentemente, logran su propósito de encontrarme culpable y mandarme el resto de mi vida a la prisión sin haber hecho una buena investigación.

Varios años después, mi caso llega ante la corte de apelación sin ningún éxito. Igualmente sucede cuando llega ante la corte del estado. Después de cuatro años de una buena investigación, por “El Comité para la Liberación de Santiago” encabezado por la señora Donna Slepack, logra introducir el caso ante el juéz de la corte de Post-Conviction Relief o alivio después de la convicción. Ahí se surgieron nuevas evidencias para demostrar mi inocencia, inclusive la confesión del mismo asesino.

Auque legalmente, el punto fundamental era el derecho de testiguar. Este derecho fue violado durante el juicio, porque el abogado defensor nunca tomó la molestia de explicarme que como derecho, tenía esa opción. Aunque dentro de todo esto incluye la discriminación y el prejuicio de los miembros del jurado, la prepotencia de la corte y la policía y la arrogancia del abogado que me representó de no consultar con un experto sobre las evidencias que usó el estado.

Gracias al Comité encabezado por la señora Slepack y su esposo Jerry, cuantro años y medio después, se logró mi libertad el 9 de Enero de 1991. Más tarde, el caso es regresado en el condado de Clackama en el pueblo de Oregon City, donde tomó parte el juicio original. Después de dos meses, el abogado (fiscal), decidió cerrar el caso porque no tenía evidencia para enjuiciarme otra vez.

Este es el ejemplo de lo que sucede con los campesinos indígenas cuando son arrestados y enjuiciados ante una corte que no reconoce sus derechos, que a final de cuenta salen pagando por un delito que no cometen. Imaginen, cuantos más estan encerrados.

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