La historia del Triqui Fausto López

Julio 15, 2004 at

¿Y quién cosecha las uvas de su vino?

TEXTOS Y FOTOS: DAVID BACON
TRADUCIDO: TANIA MOLINA RAMIREZ

oax04y-sm.jpg La historia de una vida-la de un treintañero inmigrante oaxaqueño- es la historia de la ruta de la migración indígena. El último ejército laboral disponible ha pasado de los fértiles campos del norte mexicano al sur de Estados Unidos, y más allá. Las uvas de los vinos de California se cosechan gracias a ellos, que viven en la economía más rica del planeta en casuchas de bambú y plástico.

GEYSERVILLE, CALIFORNIA.

Habla Fausto López: Soy natural de Yosoyuxi copala (Oaxaca), donde nací el 27 de septiembre de 1973. Mi padre es de Lázaro Cárdenas Copala, pero fue a Yosoyuxi y ahí se casó con mi madre. Ahí crecí. Mi padre sembraba maíz.

En 1987, cuando dejé mi pueblo, había como 500 habitantes. El último año en que lo visité, en 1998, había muchas mejoras-nuevas casas y más desarrollo. Entre un tercio y la mitad de la población del pueblo migra a otros lugares a trabajar. Van a la capital de Oaxaca, a la ciudad de México, Sinaloa, Sonora y Baja California. Algunos trabajan y se regresan a sus hogares, y otros se quedan y nunca regresan, a menos que sea de visita.

Dejé mi hogar tras completar el sexto grado en 1987. Estuve en Sinaloa durante un año, pero luego regresé a mi pueblo natal. Luego, en 1990, fui a Ensenada, Baja California, y ahí trabajé con mi primo Camilo. Me quedé ahí durante 10 años, primero recogiendo jitomates. Después de que mi familia se me unió, vivimos en un rancho, y cosechamos calabaza, y luego col, lechuga, melón y maíz. Vivimos ahí como un año y medio. Debido a que la cosecha se incrementó drásticamente, me nombraron contratista y luego supervisor del Departamento de Empaque. Luego trabajé en la oficina.

Dejé el empleo porque no me alcanzaba el salario para mantener a mi familia, y para ahorrar dinero para comprar tierra para construir una casa en mi pueblo natal. Tener dinero para un hogar no significa nomás construirla. Se requiere de mucho más dinero para los servicios públicos y otras necesidades de la familia. Lo que me pagaban no alcanzaba para la ropa y los gastos médicos. Encontrar vivienda se volvió cada vez más difícil, ya que muchos triquis estaban llegando para hacer el trabajo, y no había vivienda para ellos. Tanta gente llegó que crearon una nueva comunidad, y la llamaron Nuevo San Juan Copala, por la región de donde venimos en Oaxaca.

Antes de entrar a la escuela, toda mi familia hablaba triqui y muy poco español. Fue hasta que comencé a ir a la escuela que me presentaron el español. Había maestros que hablaban triqui, y ellos comenzaron a enseñarnos en nuestro idioma. Luego empezaron a hablar español con nosotros. Aprendí matemáticas y otras cosas en español, pero no entendía lo que estaba diciendo. Cuando dejé mi pueblo y llegué a Baja California, comencé a hablar con otros trabajadores-mixtecos, zapotecos y otros que hablaban español. Como no hablábamos la misma lengua, hablábamos en español para comunicarnos, y así fue como aprendí de verdad. Conocí a otra gente de Durango y Zacatecas y otros estados que también hablaban sólo español. Me pareció sencillo porque practicaba a diario.

Mi esposa es de Paso de Aguila, otro pueblo triqui. Los dos estamos muy preocupados por preservar nuestra cultura. A pesar de que les enseñamos a nuestros hijos español, porque lo necesitan para funcionar en el mundo, les enseñamos triqui. Las cosas están cambiando tanto que los niños ahora aprenden español más chicos. Tienen libros y periódicos en español, así como tele, radio y música. Toda la cultura que los rodea es en español. Cuando era joven no fue lo mismo para mí, porque nunca viajé fuera de nuestro pequeño pueblo, así que no aprendí español hasta que estaba mucho más grande.

Llegué a Estados Unidos porque no estaba ganando lo suficiente para mantener a mi familia. Tenía primos que emigraban a Estados Unidos y me llamaron y me preguntaron que si quería unírmeles. En 1999, mi padre, José Benito, y yo finalmente fuimos a Estados Unidos. Siempre he cruzado con coyotes, pero sólo cruzo con los que conozco desde hace mucho tiempo. En 1999 me costó 600 dólares cruzar. Hoy tengo que pagar 800 dólares. Afortunadamente no hay que caminar demasiado -sólo un día. La primera vez que vine al norte tuvimos que caminar dos días, a través de Nogales, Arizona, en enero. Hacía mucho frío.

La primera vez que vine al condado de Sonoma sólo me quedé un mes. Luego nos fuimos a Florida y trabajé ahí cuatro meses, después regresé a México. Pero pronto volvimos a Estados Unidos, debido a la presión económica tan grande. Desde entonces me quedé en el condado de Sonoma.

La primera vez que inmigré a Estados Unidos, dejé a mi esposa y mis hijos en Baja California. Durante un tiempo tenía la esperanza de que pudieran venir también, pero luego me dí cuenta de que las condiciones en las que vivíamos no eran buenas para ellos. Después de mi primer año trabajando aquí, los envié de regreso a Oaxaca. Quiero que los hijos aprendan triqui -tanto el idioma como la cultura. Aquí en California no podrían hacerlo. En Baja California hay algunas escuelas y maestros bilingües en comunidades migrantes, así que durante un tiempo mis niños aprendieron triqui a través de libros. Pero no es lo mismo que estar en un ambiente como Oaxaca. Es importante que los hijos aprendan español también, pero tenemos que mantener nuestras tradiciones, y tengo miedo de que las estemos perdiendo. He hablado con padres zapotecos y mixtecos y todos sienten el mismo miedo.

De todos modos no me gusta estar alejado de mi familia tanto tiempo. Pero es necesario. No tenemos otra manera de sobrevivir, porque no hay empleo en casa. La gente que conozco aquí en Sonoma son todos inmigrantes, y ninguno de nosotros tiene dinero ni casa. Ese es el sueño que nos inspira a venir y trabajar en el norte. Hemos tenido a gente muy joven, adolescente, que vive con nosotros. Me pone triste porque son tan jóvenes y no deberían de estar aquí. Deberían de estar en la escuela.

Pero vienen por la misma razón que el resto de nosotros, y es hasta más difícil para ellos. No es fácil cuando eres joven encontrar un empleador que te pague ocho dólares la hora.

Cuando llegamos no teníamos ni un techo bajo el cual dormir, así que construimos pequeños cobertizos con materiales que tenemos al alcance. Usamos técnicas para construir casas temporales, como lo hicieron nuestros tatarabuelos en México. Tras hacer una estructura con bambú, en Oaxaca usaban grandes hojas para hacer el techo. Nosotros usamos grandes pedazos de plástico. Pero en realidad es lo mismo.

Todos los que vivimos aquí somos triquis de Copala, Oaxaca. En 1999 sólo había dos familias viviendo en esta pequeña comunidad, y una de esas familias ha estado aquí desde el comienzo. Ahorita somos 10, y durante ciertos periódos del año, cuando hay más trabajo, llega más gente. Todos ahorramos dinero al vivir aquí, ya que no tenemos que pagar renta. Así tenemos más dinero para enviar a casa.

La mayoría de nosotros trabaja en la cosecha de la uva. Nunca hemos tenido problemas con la gente local. Hace muchos años hubo un incendio cerca de nuestra comunidad. Como estábamos aquí, lo vimos primero y ayudamos a apagarlo. Cuando el alguacil y los bomberos llegaron, lo terminaron de apagar. Pero dos días después, los alguaciles regresaron y desalojaron a las 30 personas que vivían aquí. Pero después volvimos.

Nos relajamos y jugamos deporte juntos. Hablamos sobre cómo compartir el trabajo que implica mantener nuestra comunidad. Nunca hemos tenido discusiones serias. Aunque compartimos algo del trabajo, cada quien cocina para sí mismo. Me inscribí en dos clases de inglés en la escuela para adultos, pero fue muy difícil continuar. Nuestra jornada es tan larga que no tengo casi tiempo para ir a clases.

Lorenzo [un trabajador comunitario de California Rural Legal Assistance] nos ayuda, él nos orienta cuando tenemos problemas. Una de las cosas más importantes es aprender sobre nuestros derechos laborales. Siempre trabajamos por hora en la época de siembra, y durante la cosecha trabajamos a destajo. Ganamos nueve dólares la hora si tenemos que viajar una distancia larga para llegar al campo de cultivo. Si no es tan lejos nos pagan ocho dólares.

Lorenzo comenzó a hablarnos de organizarnos y nos dijo cómo comunicarnos con nuestros supervisores. El pertenece al Frente Indígena Oaxaqueño Binacional, que nos ayuda mucho con el trabajo o con las destrezas de la vida. Creo que es una organización maravillosa. Me uní al FIOB porque Lorenzo también es de Oaxaca y habla mi idioma natal. La junta de directores me eligió como representante. Desde entonces he viajado a muchas partes del estado. Estoy aprendiendo mucho.

Necesitamos que otras comunidades nos apoyen. Muchos de nosotros no conocemos nuestros derechos, necesitamos conocerlos. Trabajamos por la amnistía para los inmigrantes, la cual creo que es necesaria porque hay tantos de nosotros que cruzan la frontera ilegalmente y que mueren en el proceso. Haría la vida mejor para todos nosotros.

Yo vivo aquí, lejos de mi familia, para que puedan tener una mejor vida. Quiero que mis hijos vayan a la escuela y darles un hogar. De chico nunca tuve un verdadero hogar, así que estoy haciendo todo esto por ellos, por mi familia.

LA RUTA DE LOS JORNALEROS INDIGENAS

Los cosechadores de uva provienen de México, un hecho tan obvio que nadie piensa en ello dos veces. Durante décadas, la gente ha hecho el largo viaje para trabajar en las huertas vinícolas de Coachella, Delano, Lodi y Napa.

El movimiento de los jornaleros comenzó en los viñedos, con una gran alianza entre los filipinos -que dominaron este trabajo en los treinta y cuarenta- y la organización de los mexicanos que, para 1965, se había vuelto la nueva mayoría.

A partir de entonces, con el comienzo de la gran huelga de la uva, que duró cinco años, los estribillos de De colores y La huelga general inspiraron a la generación que creó el United Farm Workers. Estas canciones se escucharon primero en los pequeños pueblos de trabajadores vinícolas esparcidos en el Valle Central, y los trabajadores las cantaban en español.

Pero hoy, el español no es el único idioma de la cosecha. De hecho, entre las viñas, los murmullos y los gritos se escuchan también en mixteco, triqui, chatino o una de las docenas de lenguas de los indígenas de México. Los jornaleros de la uva aún son mexicanos. Pero la mayoría son parte de una nueva corriente de migración, que comienza mucho más al sur, en Oaxaca, Guerrero y Chiapas. Los que se dirigen al norte, cuya labor hoy produce el Chardonnay (vino para una cena) las pasas de la granola o las uvas de mesa para el final de la comida, tienen una cultura muy distinta a la de las anteriores generaciones de jornaleros mexicanos.

En Madera, los restaurantes tienen nombres mixtecos y las ofertas en las vitrinas de las pequeñas tiendas también están en mixteco. Los hombres que esperan ofertas de empleos por jornada, parados en la banqueta en Graton o Sebastopol, murmuran entre sí en triqui o chatino. Esta es una era de migración indígena. Y es un momento en el que sus voces también han comenzado a crecer y demandan una presencia en la cultura pública de California.

Los indígenas de Oaxaca han migrado dentro de México, y a Estados Unidos, durante décadas. Muchos fueron braceros entre 1942 y 1964. En los valles agrícolas mexicanos, desde Sinaloa hasta Baja California, los migrantes oaxaqueños son la espina dorsal de la fuerza laboral que hizo posible la agricultura empresarial. Como resultado, las comunidades de oaxaqueños se han establecido en una extensa andana que va desde su estado natal, Veracruz -adonde fueron primero a las cosechas de caña-, los campos de jitomate y fresa al noroeste de México, hasta los valles de San Joaquín, en California, y los ríos Willamette de Oregon, los estados de Washington, Florida, y más allá.

Si bien están dispersos dentro de México y Estados Unidos, como resultado de las migraciones en busca de trabajo, el movimiento de personas ha creado, en cierto sentido, una comunidad más grande, ubicada en distintos lugares simultáneamente. Los asentamientos de mixtecos, zapotecos, triquis y otros grupos indígenas a lo largo de un flujo migratorio de 4 mil 800 kilómetros, desde Oaxaca hasta California y más allá, están vinculados mediante la cultura y el lenguaje compartidos, y por las organizaciones sociales que la gente carga consigo de un lugar a otro.

Algunas de las organizaciones de los migrantes oaxaqueños se basan en los pueblos natales -un fenómeno común entre los inmigrantes en Estados Unidos que provienen de muchos países. Pero los oaxaqueños también han formado el Frente Indígena Oaxaqueño Binacional (FIOB), que reúne a grupos con distintas lenguas, con el fin de promover la comunidad y luchas por la justicia social en sus lugares de trabajo.

Cerca de Santa Rosa, California, los indígenas oaxaqueños crearon comunidades y construyeron sus propios lugares para vivir a orillas del río Ruso, bajo puentes, y a orillas de los campos de uvas que producen el vino y la riqueza del condado de Sonoma. A primera vista, muchas veces parecen comunidades que viven en las condiciones más difíciles que uno se pueda imaginar -duermen sobre colchones que fueron arrastrados a los arbustos, cocinan en fogatas entre los juncos, y se resguardan bajo lonas colgadas entre los árboles.

Pero también se trata de comunidades que muchas veces tienen fuertes lazos culturales, que crean una red de apoyo que provee de alimento y compañía a los migrantes recién llegados del sur, sin empleo ni dinero. Escondidos entre los juncos a la orilla del río, un grupo de triquis construyó sus hogares con bambú y plástico del Home Depot local, usando las mismas técnicas que sus abuelos usaban para erigir estructuras en Oaxaca. Los trabajadores que viven aquí pertenecen al FIOB.

Dirigida por Fausto López y Lorenzo Oropeza -quien dejó los campos para convertirse en trabajador comunitario para California Rural Legal Assistance-, la gente que vive bajo los árboles ha participado en marchas por licencias de manejo para trabajadores indocumentados y ha luchado por una nueva amnistía de inmigración que les permita desempeñar un papel más abierto en la vida política y social del condado donde viven. Vivir bajo los árboles no ha anulado su capacidad para organizarse, y definitivamente no les robó su voz.

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Foto: David Bacon
Fausto López

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Foto: David Bacon
Otros campesinos que como Fausto viven debajo de los árboles en pleno país más rico del mundo

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