Construyendo sociedad civil entre migrantes indígenas

Octubre 12, 2004 at

Jonathan Fox y Gaspar Rivera-Salgado

Nota de la editora: Este ensayo fue extraído, con autorización, del libro Migrantes Indígenas Mexicanos en los Estados Unidos, editado por Jonathan Fox y Gaspar Rivera Salgado (Centros de Estudios de México y Estados Unidos y Estudios Comparados en Migración, UCSD, 2004). Para leer una versión más larga del ensayo y que incluya las notas al pie, ver el capítulo introductorio del libro, disponible en http://www.rienner.com.

Bajar en pdf

El pasado y el futuro de la nación mexicana pueden verse en los rostros de los miles y miles de indígenas que cada año emprenden el trayecto hacia el norte, así como los de muchos otros que deciden establecerse en innumerables lugares en los Estados Unidos. El estudio de los migrantes mexicanos indígenas en Estados Unidos requiere de una perspectiva binacional que tome en cuenta los importantes cambios en la forma en que la sociedad mexicana es entendida a comienzos del siglo XXI. Por un lado, México es considerado cada vez más como una nación de migrantes, una sociedad cuyo destino está muy vinculado a la economía y la cultura de los Estados Unidos. Por otro lado, la experiencia particular de los migrantes indígenas requiere concebir a México como una sociedad multiétnica, en la que las demandas básicas de derechos indígenas se ven incluidas finalmente en la agenda nacional, aunque siguen sin resolución.

La población indígena de México es la más grande del hemisferio, con aproximadamente una cuarta parte de todos los indígenas de la región latinoamericana. Por lo menos el diez por ciento de la población mexicana pertenece a un grupo indígena, de acuerdo con el estricto criterio del gobierno de dicho país basado en el uso del idioma (aunque el último censo permitió por primera vez la auto-identificación étnica). En otras palabras, a pesar de la presión para asimilarse a lo largo de cinco siglos, al menos uno de cada diez mexicanos indicó en el censo nacional que en su hogar se hablaba una lengua indígena.

El futuro que proyecta el modelo económico dominante en México deja pocas opciones para los pueblos indígenas, más allá del sumarse a la mano de obra urbana y de agroexportación. Debido a que la mayoría de la población indígena en México depende de la agricultura, sus perspectivas de supervivencia son en extremo sensibles a las políticas del gobierno con respecto a dicho sector.

Hace dos décadas, el gobierno abandonó su irregular compromiso para hacer económicamente viable la agricultura campesina. Desde los años ochenta, la agricultura campesina se convirtió en el blanco de las políticas de bienestar más que de apoyo productivo, lo que debilitó la base económica de las comunidades indígenas. De acuerdo con el gobierno mexicano, la pobreza aumentó en un 30% en los municipios de mayoría indígena entre 1990 y 2002. La prolongada crisis de la economía campesina se ha visto exacerbada en años recientes por la persistente caída del precio internacional del café, que es la principal cosecha que suministra ingresos para muchos de los productores indígenas de México.

A partir del TLCAN, la estrategia de desarrollo rural del gobierno se ha basado en el supuesto de que una gran proporción de los pobres en el campo se desplazará a las grandes ciudades o bien hacia Estados Unidos. De hecho, el gobierno de la Ciudad de México estima que la población de indígenas urbanos asciende a medio millón en el Distrito Federal, y a un millón en el área metropolitana.

En Estados Unidos y en México, los migrantes indígenas se ven excluidos como migrantes y como indígenas en términos económicos, sociales y políticos. En el plano económico, trabajan en mercados laborales que se encuentran étnicamente segmentados, que los relegan a los niveles más bajos. En el ámbito social, además de la serie de obstáculos ya conocidos que padecen los migrantes que cruzan la frontera, especialmente aquellos que no cuentan con documentos, los indígenas enfrentan marcadas actitudes racistas y de discriminación, tanto de otros mexicanos como de la sociedad dominante en Estados Unidos.

En la esfera cívico-política, la mayoría de los migrantes que cruzan la frontera se ve privada de derechos ciudadanos plenos en ambos países. Por un lado, el gobierno norteamericano se resiste a aceptar las propuestas que se han hecho para regularizar el estatus de millones de trabajadores. Por otro lado, el gobierno mexicano tiene aún pendiente en 2003 el cumplimiento de la reforma constitucional de 1996 que reconocía el derecho de los migrantes al voto, así como los Acuerdos de San Andrés sobre Derechos y Cultura Indígenas de 1996, que estipulaban una modesta versión de autonomía indígena.

A esto hay que agregar que la falta de medidas que permitan votar en ausencia les impide a muchos migrantes al interior de México ejercer su voto. En el ámbito menos tangible de la cultura política nacional dominante, tanto los indígenas como los migrantes han sido vistos durante mucho tiempo –especialmente por las élites políticas de la Ciudad de México– como ciudadanos a medias, visión con fuertes raíces históricas que apenas ha comenzado a cambiar de manera importante desde mediados de los años noventa.

Patrones cambiantes de migración

La historia nos muestra que ciertamente estos migrantes compartieron muchas características comunes, al provenir principalmente de comunidades rurales de la región centro-occidente del país. Sin embargo, durante las dos últimas décadas, esta población se ha diversificado de manera dramática, tanto social como geográficamente. Sus regiones de origen ahora incluyen una gama más diversa de estados, así como de grandes ciudades. Por ejemplo, el área de Los Ángeles cuenta actualmente con federaciones de asociaciones de migrantes de por lo menos 13 estados mexicanos diferentes, y existen 11 federaciones similares en Chicago. Las regiones de asentamiento en los Estados Unidos se están diversificando de la misma forma: por ejemplo, investigaciones recientes mostraron la presencia de placas de automóviles de 37 entidades diferentes en Estados Unidos tan sólo en la carretera principal de San Juan Mixtepec, Oaxaca.

En la medida en que las dinámicas económicas y sociales que promueven la migración van ganando cada vez más terreno en el campo mexicano, los indígenas que no contaban con una historia migratoria fuera de sus regiones de origen están dirigiéndose a los Estados Unidos. Por ejemplo, los mayas de Yucatán y Chiapas actualmente están trabajando en California y Texas; los hñahñús y los nahuas de la zona centro de México están dirigiéndose al Medio Oeste y a Texas; y los mixtecos de Puebla se están estableciendo en el área de Nueva York, seguidos recientemente por los hñahñús del vecino estado de Veracruz. Los mixtecos y los nahuas también están llegando a los Estados Unidos provenientes de Guerrero.

La población migrante mexicana no está creciendo solamente en términos de su diversidad geográfica, también está haciéndose cada vez más multiétnica. Algunos grupos indígenas mexicanos cuentan con muchas décadas de experiencia migratoria hacia los Estados Unidos, cuyo origen es el Programa Bracero (1942-1964), como en el caso de los purépechas de Michoacán y los mixtecos y zapotecos de Oaxaca. No obstante, la mayoría de los migrantes indígenas mexicanos históricamente se desplazaban hacia las grandes ciudades o a los campos de la agroindustria en México, y su participación en el número total de migrantes internacionales fue relativamente baja hasta los años ochenta. En fechas más recientes, la proporción de indígenas dentro de la población migrante mexicana se ha elevado considerablemente, de manera especial en los sectores urbano y rural de California, así como cada vez más en Texas, Florida, Nueva York y Oregon.

Si bien históricamente la mayoría de los indígenas que migraban a los Estados Unidos lo hacían de manera temporal, el creciente riesgo y el costo del cruce fronterizo sin documentos ha conducido a su establecimiento por periodos más largos en dicho país. Esto es posible en parte debido a que sus redes han madurado durante las últimas dos décadas. Además de los migrantes transfronterizos del Programa Bracero, los primeros viajes de oaxaqueños en busca de trabajo datan de los años treinta, con destino a la ciudad de Oaxaca, a las plantaciones de caña en Veracruz y a los crecientes barrios de la periferia de la Ciudad de México, como en el caso de Ciudad Nezahualcóyotl. Posteriormente los contratistas de trabajadores para la agroindustria de Sinaloa comenzaron a intensificar su labor, especialmente en la región de la Mixteca. Estos flujos de sur a norte se extendieron después al Valle de San Quintín, en el norte de Baja California. Para los inicios de los años ochenta, los migrantes indígenas habían llegado más al norte, a California, Oregon y Washington.

Los primeros migrantes pudieron regularizar su estatus y establecerse en los Estados Unidos con la reforma inmigratoria de 1986 (IRCA). Al interior de California, los oaxaqueños cuentan con comunidades bien establecidas en el Valle de San Joaquín, en el área metropolitana de Los Ángeles y en el norte del condado de San Diego. En un periodo relativamente corto, estos migrantes indígenas pasaron de la invisibilidad a ser objeto de atención para los medios informativos, y convertirse así en sujeto de investigación académica y de un creciente activismo.

La migración oaxaqueña tuvo un marcado crecimiento a fines de los años ochenta, con la incorporación extensiva de zapotecos a los servicios urbanos y de los mixtecos al trabajo agrícola –con frecuencia en los trabajos más difíciles y peor pagados. Las reformas de IRCA hicieron posible que millones de migrantes que habían llegado inicialmente regularizaran su estatus, permitiéndoles así ascender en el mercado de trabajo, y con ello dejar posiciones vacantes en la escala social que serían ocupadas por migrantes indígenas de reciente arribo.

Los empleadores de trabajadores de bajos salarios siempre han estado más que dispuestos a continuar con la tradición de promover la segmentación étnica de los mercados laborales. Un analista conservador y productor agrícola sintetizó la perspectiva de los empleadores en los siguientes términos: “[los empleadores] te van a decir que para la cuadrilla de trabajadores de cemento, no traigas a nadie que hable inglés, porque nadie de la segunda generación va a trabajar igual que la gente de Oaxaca”. Los trabajadores indígenas también se basaron en las diferencias étnicas para colocarse en el mercado laboral. Como le decía un informante a Marta Guidi, “¡Claro que hablamos mixteco [en Estados Unidos]! A veces, nos hablamos en dialecto delante del contratista [chicano] para ponernos de acuerdo, con los precios pues. Y ésos se enojan porque no nos entendían”.

Para inicios de los años noventa, entre 45 mil y 55 mil mixtecos trabajaban en la agricultura en el Valle Central de California, y entre 50 mil y 60 mil zapotecos se habían establecido en Los Ángeles, principalmente en barrios del centro de la ciudad como Koreatown, Pico-Union y el Sur Centro. La proporción de migrantes indígenas del sur de México en el trabajo agrícola de California casi se duplicó durante los años noventa, pasando de 6.1 por ciento (1993-1996) a 10.9 por ciento (1997-2000), lo que le permitió al investigador Ed Kissam estimar que los migrantes indígenas constituirán más del 20 por ciento de los trabajadores agrícolas de California para el año 2010.

El proceso paralelo de asentamiento y concentración geográfica ha conducido a la creación de una “masa crítica” de oaxaqueños indígenas, especialmente en California. Esto ha permitido el surgimiento de formas distintivas de organización social y de expresión cultural, especialmente entre mixtecos y zapotecos.

Sus iniciativas colectivas se basan en su herencia cultural ancestral para la formación de extensiones de sus comunidades de origen. Sus expresiones públicas incluyen la construcción de organizaciones cívico-políticas, la realización pública de festejos religiosos, torneos de básquetbol en los que participan docenas de equipos, y festivales masivos de música y danzas tradicionales de Oaxaca, como la celebración de la Guelaguetza y la formación de bandas de música, algunas de las cuales regresan a tocar en las festividades de sus pueblos de origen, como en el caso de la comunidad zapoteca de Zoogocho. Sus proyectos culturales y políticos también incluyen la implementación de talleres tradicionales de tejido, la publicación de periódicos binacionales, programas de radio en español y en lenguas indígenas, iniciativas para servicios de traducción y para la preservación de las distintas lenguas indígenas, así como el surgimiento de escritores y artistas visuales con sensibilidades transfronterizas.

Nuevas organizaciones en una tierra nueva

Al interior de la sociedad civil migrante indígena, sobresalen dos tipos de organizaciones. El primero incluye al gran número de asociaciones basadas en los pueblos de origen, y que se les conoce de diversas formas: “organizaciones de pueblo”, “clubes de oriundos”, o “clubes sociales comunitarios”. Están integradas por migrantes provenientes de comunidades específicas, quienes se agrupan para apoyar a su pueblo de origen, sobre todo para recaudar fondos destinados a la creación de obras públicas como la construcción de puentes, redes de agua potable, electrificación, o bien espacios públicos como plazas, campos deportivos, escuelas, iglesias o recintos comunitarios.

El segundo tipo de asociaciones migrantes indígenas consiste en proyectos para la formación de coaliciones que se basan en vínculos “translocales” de comunidades que sin embargo incorporan a personas provenientes de un ámbito etno-geográfico regional más extenso. Las coaliciones más sólidas incluyen al Frente Indígena Oaxaqueño Binacional (FIOB), la Organización Regional de Oaxaca (ORO), la Unión de Comunidades Serranas de Oaxaca (UCSO), la Coalición de Organizaciones y Comunidades Indígenas de Oaxaca (COCIO), la Red Internacional Indígena de Oaxaca (RIIO), y la recientemente formada Federación Oaxaqueña de Comunidades y Organizaciones Indígenas de California (FOCOICA), que incorpora a muchas organizaciones oaxaqueñas en California.

Los cambiantes patrones de asentamiento también han afectado a la organización. Solamente algunos migrantes han formado comunidades satélites en los Estados Unidos, que es un requisito clave para organizarse sobre la base del pueblo de origen, y son menos aún los que han formado organizaciones étnicas, regionales o pan-étnicas. Algunos migrantes indígenas mexicanos se organizan como miembros de grupos étnicamente mixtos, bien sea sobre la base de su afiliación religiosa, como en el caso de la Asociación Tepeyac en Nueva York, o de clase social, como en el caso de PCUN (Pineros y Campesinos Unidos del Noroeste) de Oregon, o la Coalición de Trabajadores Immokolee de Florida.
Las organizaciones de migrantes indígenas también varían de acuerdo al grado de interés en colaborar con otras organizaciones sociales y civiles, ya sea con asociaciones de otros tipos de migrantes o bien con agrupaciones cívicas y sociales centradas en Estados Unidos. Los migrantes indígenas tienden a organizarse de manera diferente a la de los mexicanos mestizos. En Los Ángeles, por ejemplo, la Federación Oaxaqueña trabaja estrechamente con otras organizaciones mexicanas, así como con sindicatos y con organizaciones de derechos civiles en cuestiones como el de las licencias de manejo para trabajadores indocumentados.

Ambos tipos de organización han propiciado la creación y recreación de identidades sociales mediante la institucionalización de prácticas en las que los migrantes son reconocidos como oaxaqueños y como indígenas. Es decir, estas prácticas colectivas diversas generan discursos que reconocen sus identidades culturales, sociales y políticas específicas. La dimensión real e imaginaria en la que se desarrollan estas prácticas se llama Oaxacalifornia, un espacio transnacionalizado en el que los migrantes articulan sus vidas en California con sus comunidades de origen, a más de 4 mil kilómetros.

Identidad étnica y acción colectiva

¿Cómo influyen la migración continua y el surgimiento de organizaciones de migrantes indígenas en la identidad social y comunitaria, tanto en los Estados Unidos como en México?

Al igual que otros migrantes, los indígenas mexicanos traen consigo una extensa gama de experiencias en materia de acción colectiva para el desarrollo comunitario, justicia social y democratización política, y estos repertorios influyen a su vez en sus decisiones sobre con quién trabajar y cómo construir sus propias organizaciones en los Estados Unidos.

El proceso de discriminación y exclusión racista, tanto en el norte de México como en Estados Unidos – si bien se trata de algo que no es del todo nuevo para los indígenas de Oaxaca – se consolidó en los campos agrícolas de Sinaloa y Baja California, así como en el Valle de San Joaquín en California. Este proceso de racialización –vívidamente representado por el extenso uso de términos despectivos como “oaxaquitas” e “indios sucios”– condujo a una nueva forma de identidad étnica para muchos migrantes. Michael Kearney plantea que esta experiencia no solamente intensifica su sentido de diferencia étnica, sino que incluso el proceso de migración a un nuevo contexto social genera una identidad étnica más extensa que permite la unión de migrantes provenientes de comunidades que probablemente no compartirían sus identidades en Oaxaca. “La experiencia de discriminación fuera de Oaxaca fue un estímulo considerable para que los migrantes indígenas se apropiasen de aquellos términos – ‘mixteco’, ‘zapoteco’ e ‘indígena’ – que anteriormente eran usados tan sólo por los lingüistas, antropólogos y representantes del gobierno, y que los utilizaran para organizarse sobre la base de líneas étnicas.”

Las nuevas identidades étnicas que surgen en el proceso de migración crearon nuevas oportunidades para la acción colectiva, que se expresaron a través de la aparición de una diversa gama de organizaciones cívicas y políticas en los Estados Unidos y en el norte de México. Estas organizaciones se diferenciaban de aquéllas existentes en las comunidades de origen, en las que la solidaridad entre comunidades se veía bloqueada con frecuencia por la persistente historia de conflictos entre pueblos. Kearney señala que los trabajadores de comunidades que pudiesen haber sido rivales en Oaxaca, llegan a desarrollar un sentido de solidaridad a través de sus experiencias compartidas de opresión racial y de clase como obreros y obreras migrantes.

Las identidades pan-mixtecas, pan-zapotecas y posteriormente pan-oaxaqueñas indígenas que resultan, posibilitan la organización pan-étnica entre migrantes por primera vez. Esta interpretación ha podido ser confirmada por algunos cambios recientes dentro del Frente Indígena Oaxaqueño Binacional, que incluye un acuerdo de colaboración con una comunidad purépecha organizada hace poco en Madera, California. De los seis líderes elegidos que representan al FIOB en Baja California, uno es un mixteco de Guerrero y el subcoordinador es un purépecha de Michoacán.

Debido a las diferencias culturales, políticas y de lenguaje entre los distintos grupos de migrantes mexicanos, todo esfuerzo que busque establecer formas de comunicación o construir coaliciones entre dichos grupos debe tomar en cuenta estas diferencias. Las iniciativas de apoyo por parte de grupos de los Estados Unidos a favor de los migrantes indígenas enfrentan desafíos considerables en términos de la construcción de confianza y de comunicación transcultural. Diversos intentos incipientes por construir coaliciones intersectoriales no han cristalizado, lo que ha conducido a ver con cierto escepticismo su factibilidad, así como a proponer la necesidad de mayores entendimientos mutuos para facilitar el proceso de encontrar las condiciones necesarias para sostener coaliciones multiculturales balanceadas.

Estas reflexiones sobre cómo la migración y la racialización influyen en las identidades colectivas proporcionan el contexto necesario en este volumen para la adecuada comprensión de los migrantes indígenas. En este caso, los migrantes son concebidos como actores sociales y no como víctimas pasivas o como flujos sin rostro de masas amorfas. En contraste con las perspectivas idealizadas de los mismos, sea como “héroes” o como “pochos”, lo que hace falta es un enfoque en los esfuerzos que realizan para forjar sus nuevas vidas, para construir sus propias organizaciones, y sobre todo para representarse a sí mismos en el proceso de formación de una sociedad civil migrante e indígena que los ayude a enfrentar los retos del futuro.

Reafirmando identidades

A pesar de la extensa variedad de trayectorias políticas de los migrantes indígenas, reflejada en la naturaleza de las diferentes organizaciones, todas ellas ponen especial énfasis en actividades públicas y en movilizaciones que reafirman sus identidades colectivas como indígenas. Como resultado, la amplia gama de eventos culturales públicos de las organizaciones migrantes nutre la experiencia multicultural de sus paisanos. Los festivales de música y danzas de la Guelaguetza constituyen uno de los eventos culturales oaxaqueños más importantes, y por lo menos cuatro de ellos se celebran anualmente en California. La Organización Regional de Oaxaca (ORO) fue la pionera en la puesta en marcha de estos festivales en los Estados Unidos en 1987 y desde el 2002 la Federación Oaxaqueña de Comunidades y Organizaciones Indígenas de California (FOCOICA) ha celebrado una Guelaguetza en el Sports Arena de Los Ángeles, con el patrocinio del gobierno de Oaxaca, sindicatos locales y medios de comunicación en español. El evento también promueve las importaciones de productos oaxaqueños.

Las competencias deportivas también son eventos públicos importantes para los oaxaqueños. El básquetbol es más popular que el fútbol, y uno de los torneos más importantes es la “Copa Juárez” de Los Ángeles, organizada por la Unión de Comunidades Serranas de Oaxaca (UCSO) cada mes de marzo durante los últimos seis años. Participan aproximadamente 65 equipos, representando a más de cuarenta comunidades oaxaqueñas.

Algunos mixtecos y zapotecos en California también practican un juego precolombino llamado “pelota mixteca”. El renacimiento de este juego entre los inmigrantes zapotecos es importante ya que el número de jugadores en Oaxaca ha disminuido con la desaparición de lugares para jugarlo. El torneo anual realizado en Los Ángeles llega a incluir hasta a doce equipos provenientes de todo el estado. Como en el caso de muchas otras actividades culturales de los migrantes oaxaqueños (como las danzas, la música y la comida), la pelota mixteca ha generado una demanda por los aditamentos tradicionales para este juego, lo que permite la creación de empleos para los artesanos que fabrican los guantes y las pelotas en las comunidades de origen.

Las celebraciones religiosas públicas han surgido más recientemente entre los migrantes indígenas en California. Los eventos más recientes incluyen un baile organizado por la Comisión para la Restauración de la iglesia Santiago Mayor Apóstol, en el pueblo de Villa Hidalgo Yalálag, con el propósito de recaudar fondos para la realización de reparaciones en la iglesia de este pueblo, un festejo para seguir financiando sus esfuerzos para poder canonizar a dos “mártires” locales o fiestas en honor de vírgenes y santos patronos.

La densa red de organizaciones sociales , cívicas y políticas, así como su funcionamiento y sus “rituales públicos”, ha permitido la creación de un ambiente en el que las identidades colectivas preexistentes reaparecen en un nuevo contexto, transformando a los actores mismos en este proceso. Estas organizaciones crean una identidad dual. Primero, éstas son los vehículos para el reforzamiento de prácticas colectivas que afirman identidades étnicas más extensas que surgen de la experiencia migratoria. Segundo, dichas organizaciones – y en especial las asociaciones de pueblo – promueven la integración de la comunidad, el intercambio cultural y el flujo binacional de información y de otros recursos. Ambos procesos son cruciales para mantener los vínculos que unen a las comunidades de origen con sus comunidades satélites que surgen más allá de su ámbito tradicional.

La comunicación transnacional

El uso de medios de comunicación alternativos ha tenido también un papel central en el proceso de formación de la sociedad civil migrante. En particular, el periódico El Oaxaqueño, “la voz de los oaxaqueños en los Estados Unidos”, es una de las pocas publicaciones profesionales de cualquier tipo con circulación binacional. Creado por el exitoso empresario migrante zapoteco Fernando López Mateos, se desarrolla a nivel binacional: su diseño gráfico se realiza en Oaxaca y luego se envía a Los Ángeles para su impresión. Su cobertura incluye asuntos cívicos, políticos, sociales, deportivos y culturales que atañen a las comunidades oaxaqueñas en ambos países: desde conflictos entre pueblos en Oaxaca y la campaña contra la construcción de un McDonald’s en la plaza principal en la ciudad de Oaxaca, hasta las actividades binacionales de las asociaciones de migrantes y el surgimiento de las coaliciones a favor del otorgamiento de licencias de conducir a migrantes indocumentados y en contra de los recortes en servicios de salud. El tiraje de 35000 ejemplares se distribuye en forma gratuita en todo California y otras comunidades migrantes en Estados Unidos y en Oaxaca. Además, un segundo periódico migrante apareció en la escena mediática californiana: Impulso de Oaxaca .

Los migrantes indígenas de Oaxaca también están haciendo uso del radio y de los medios electrónicos de comunicación en los Estados Unidos. Por ejemplo, Filemón López, originario de San Juan Mixtepec en la Mixteca, ha sido el conductor de La Hora Mixteca durante los últimos seis años, un programa semanal bilingüe (en mixteco y español) transmitido por la cadena Radio Bilingüe. Esta cadena fue fundada por Hugo Morales, otro migrante oaxaqueño proveniente de la región de la Mixteca. Radio Bilingüe obtuvo recientemente un donativo por parte de la Fundación Rockefeller para financiar un enlace vía satélite que le permitirá transmitir su programación a radioescuchas en Oaxaca y Baja California. A esto se agrega que en 2001, el FIOB y la asociación New California Media produjeron conjuntamente un programa de noticias de una hora llamado Nuestro Foro, en la radio local de la ciudad de Fresno (KFCF-88.1 FM). También hay que mencionar la publicación del boletín mensual del FIOB, El Tequio, desde 1991 (incluyendo una versión en Internet desde hace dos años), lo que le permite a su membresía binacional enterarse de las noticias sobre actividades locales y la preservación de un sentido de unidad más allá de la frontera entre Estados Unidos y México.

Los esfuerzos para mantener el uso de las lenguas indígenas se han transformado en una actividad colectiva como parte de la lucha política por derechos, así como una iniciativa de supervivencia cultural. Los migrantes indígenas que hablan poco español padecen una discriminación lingüística intensa de manera sistemática en sus lugares de trabajo, así como en las interacciones con las instituciones legales, educativas y de salud. En al menos dos casos bien conocidos que ocurrieron durante los años ochenta, hablantes de lengua indígena fueron encarcelados en Oregon al no poder defenderse porque no hablaban ni inglés ni español. Los prejuicios centenarios de México están muy extendidos entre los migrantes en Estados Unidos.

Esta situación comenzó a cambiar durante los años noventa. La organización Asistencia Legal Rural de California fincó un precedente al contratar al primer promotor comunitario que hablaba mixteco en 1993. Las propias organizaciones migrantes también habían tenido que responder a la necesidad de crear sus propios servicios de intérpretes en mixteco, zapoteco y triqui para apoyar a la gente que enfrentaba cargos criminales, o bien para aquellos que solicitaban atención a la salud y otros servicios públicos. El equipo de intérpretes creado por el Centro Binacional para el Desarrollo Indígena Oaxaqueño (CBDIO, Inc.) funciona en todo California, así como en otros estados. El Distrito Escolar de Madera, California, contrató a un trabajador de enlace comunitario mixteco para poderse comunicar con los cientos de padres y madres que envían a sus hijos a las escuelas públicas, en esta comunidad agrícola en el corazón del Valle Central de California. La Academia de la Lengua Mixteca, establecida en Oaxaca, recientemente puso en marcha diversos talleres en esta última región sobre la escritura del idioma mixteco. Al mismo tiempo, la instancia gubernamental en México para la educación de adultos, que ya desarrolla actividades en 18 entidades en Estados Unidos, recientemente lanzó un nuevo proyecto específicamente destinado para migrantes indígenas. Estas iniciativas se han visto fortalecidas mediante el uso de nuevos materiales de enseñanza (como CD-Roms en inglés y español) que brindan introducciones accesibles a las muchas dimensiones de la historia y la cultura mixteca, desde el análisis de códices precolombinos poco conocidos hasta cuestiones contemporáneas sobre tierra e identidad.

Las organizaciones migrantes enfrentan un enorme reto ante la creciente presencia de la segunda generación. Con el asentamiento más estable de miles de familias, el número de niños nacidos en Estados Unidos está creciendo, lo que representa la posible desaparición de las lenguas indígenas. En algunos casos, los jóvenes migrantes llegan a superar circunstancias adversas y se convierten en trilingües, lo que los convierte en valiosos recursos humanos para la comunidad migrante. El FIOB, por ejemplo, ha contratado a varios organizadores trilingües en puestos estratégicos, lo que permite a su vez el desarrollo de liderazgos. No obstante, estos casos son más bien la excepción. Los jóvenes indígenas de la segunda generación con frecuencia presentan una situación similar a la de otros grupos migrantes, con bajos niveles de retención con respecto a la lengua materna de sus padres.

Cambian los roles de las mujeres

Los cambios en las relaciones de género también están transformando las condiciones de la membresía comunitaria. Algunas mujeres migrantes viven cambios en la división del trabajo cuando comienzan a ganar un salario. En las menos aisladas áreas de nuevo asentamiento, se ven expuestas a diferentes costumbres e instituciones, y a veces entran en contacto con actores sociales basados en Estados Unidos que promueven la igualdad de género. Nótese, por ejemplo, el activo papel de una organización como Líderes Campesinas en hacer de la violencia doméstica un problema de atención pública por primera vez en muchos pueblos pequeños de la California rural, cuestionando así la extendida idea de que dicho problema es una cuestión privada, y que por lo mismo no podía cambiarse. Las mujeres también han venido a ocupar puestos de liderazgo público en organizaciones de migrantes de hombres y mujeres en Estados Unidos.

Al mismo tiempo, la migración proveniente de muchas comunidades indígenas de origen sigue siendo básicamente masculina, aumentando la carga de trabajo para las mujeres que ahí permanecen, aunque a veces aumenta su acceso a la esfera pública local. En algunas de estas comunidades, las mujeres están participando cada vez más en las asambleas, creando sus propias organizaciones y cubriendo las obligaciones comunitarias de sus esposos. Esta creciente participación pública de las mujeres es a menudo en representación de su esposo ausente, por lo que podría considerarse como una forma de “ciudadanía indirecta”.

Definiendo comunidades transnacionales

Este nuevo proceso en el que los migrantes están creando sus propios espacios públicos y organizaciones está inmerso en lo que se conoce cada vez más como “comunidades transnacionales”, un concepto que se refiere a los grupos de migrantes cuyas vidas diarias, trabajo y relaciones sociales se extienden más allá de las fronteras nacionales. La existencia de comunidades transnacionales es necesaria pero no suficiente para poder hablar de una naciente sociedad civil migrante, la que también requiere de la construcción de espacios públicos y organizaciones sociales y cívicas representativas.

Una forma alternativa de entender a los migrantes como actores sociales, es mediante el proceso de construcción de una forma de hecho de “ciudadanía comunitaria translocal”. Este término se refiere al proceso mediante el cual los migrantes indígenas se convierten en miembros activos tanto de sus comunidades de destino como de origen. Como la noción de comunidad transnacional, la ciudadanía comunitaria translocal se refiere a la extensión, más allá de las fronteras, de los límites de una esfera social existente, pero el término “ciudadanía” requiere criterios mucho más precisos para determinar derechos de membresía y obligaciones y se refiere explícitamente a la membresía en una esfera pública.

Este sentido socialmente construido de membresía es en muchas ocasiones construido a través de la acción colectiva. Esta idea de la ciudadanía comunitaria translocal especifica el espacio público en el que la membresía se ejerce y se enfoca sobre el desafío de sostener una membresía transnacional en una comunidad transfronteriza.

El concepto de ciudadanía comunitaria translocal también tiene sus propios límites. No incorpora la perspectiva más amplia de derechos que trasciende la membresía en comunidades específicamente adscritas a un territorio (o bien desterritorializadas), como en el caso del extendido movimiento entre los migrantes por sus derechos democrático-electorales, o el énfasis por parte del FIOB en las identidades colectivas pan-étnicas y en los derechos humanos e indígenas. Estas identidades colectivas son compartidas más allá de comunidades específicas. La noción de translocal también es limitada en el sentido de que no incluye el proceso de participación a niveles múltiples que frecuentemente se establece entre las organizaciones de migrantes y el gobierno mexicano a nivel nacional, estatal y local.

La amplia noción de “sociedad civil migrante”, en cambio, proporciona un concepto genérico para describir diversos patrones de acción colectiva. Las prácticas colectivas e individuales que están comenzando a constituir una sociedad civil específicamente migrante e indígena nos muestran el lado positivo de lo que de otra forma sería un proceso inexorablemente devastador para las comunidades indígenas en México –su abrupta inserción en un capitalismo globalizado a través de la migración internacional en busca de trabajo asalariado.

A pesar de su dispersión en distintos puntos a lo largo de la ruta migratoria, al menos algunas comunidades indígenas logran mantener redes sociales y culturales que les brindan cohesión y continuidad. En algunos casos, la experiencia migratoria ha expandido y transformado las identidades étnicas colectivas.

Este proceso abierto sirve como referencia para repensar lo que significa ser indígena en el siglo XXI. De manera destacada, esta “membresía de larga distancia” en las comunidades de origen, así como la construcción de nuevos tipos de organizaciones que no se basan en los vínculos con la tierra, plantean preguntas sobre la estrecha asociación clásica entre tierra, territorio e identidad indígena. Al interior de México, el debate nacional sobre cómo podría o debería construirse una autonomía indígena por parte de instituciones y actores sociales aún tiene que esforzarse para resolver este dilema.

Estudios recientes y las organizaciones de migrantes nos obligan a repensar la migración mexicana en términos de una creciente diversidad de experiencias étnicas, de género y regionales. Reconocer esto tiene implicaciones prácticas. Primero, puede ayudar a informar sobre estrategias potencias a través de las cuales los migrantes indígenas podrían aumentar su capacidad de auto-representación. Segundo, el reconocimiento de la diversidad es crucial para coaliciones más amplias y hondas con otros actores sociales, tanto en los Estados Unidos como en México.

Las iniciativas de organización de los migrantes indígenas mexicanos y sus prácticas culturales abren una ventana para entender sus esfuerzos para construir una nueva vida en los Estados Unidos. Lo están haciendo sin dejar de ser quienes son, y sin olvidarse de donde vienen. Esto es el reto principal que enfrentan.

Jonathan Fox es profesor en el Departamento de Estudios Latinos y Latinoamericanos de la Universidad de California en Santa Cruz e investigador visitante del Centro Internacional de Investigadores Woodrow Wilson en Washington, DC. Gaspar Rivera-Salgado es consultor sobre migración transnacional y asesor de organizaciones migrantes en California. Ambos son colaboradores del Programa de las Américas del IRC (en línea en www.americaspolicy.org) y coeditores del libro Migrantes Indígenas Mexicanos en los Estados Unidos, editado por Jonathan Fox y Gaspar Rivera Salgado (Centros de Estudios de México y Estados Unidos y Estudios Comparados en Migración, UCSD, 2004) de donde se extrajo este ensayo.

2 Comments

  • FIOB

    Indígenas mexicanos migrantes en los Estados Unidos
    http://fiob.org/882

  • Cinthya Santos Briones

    Soy etnohistoriadora por la Escuela Nacional de Antropologia e Historia, actualmente trabajo el tema migratoria con indigenas otomís (ñuhú) que residen en Nueva York, es por ello que me interesa el trabajo que estan realizando, ojalá puedan ver mi trabajo y darme sugerencias, si más por el momento, un saludo.
    Cinthya Santos

Leave a reply

required

required

optional