La frontera crece/ la frontera desaparece

Abril 13, 2005 at

El fenómeno migratorio de los indígenas mexicanos, actualmente en proceso de aceleración, funciona como el líquido revelador de los fotógrafos de antaño, en los tiempos del cuarto oscuro y el nitrato de plata. No se ve, y desde el punto de vista de la imagen revelada, ni siquiera existe. Pero sin su catálisis no habría foto. Similar efecto revelador han tenido el alzamiento indígena de Chiapas desde 1994 y la lucha a nivel nacional por la autodeterminación de los pueblos. Son una acusación activa al sistema político y económico de México.

Los pueblos indígenas han tomado la autodeterminación en sus manos corriendo riesgos inmensos. ¿Qué será más peligroso para los pueblos, declarar una guerra o dispersarse en el vecino país en busca de trabajo y dinero? Desde hace tiempo (un tiempo que va creciendo) los pueblos indios se la juegan sin miedo. Sobrevivir ha sido la condena de los siglos, pero una y otra vez ha significado resistir. Al finalizar el siglo xx, los pueblos indígenas abandonaron la secular “paciencia” que les atribuye el tópico criollo-mestizo; el “fatalismo” que inquietó a los antropólogos y novelistas del indigenismo.

La diáspora de indios mexicanos hacia el norte, a la vez pasajera y de largo plazo, es una protesta. Y uno se pregunta qué se llevan de México a los cotton fields y los campos tomateros de Estados Unidos: ¿la condición de esclavos, o la voluntad de organización y resistencia? Las respuestas no resultan sencillas, y son inevitablemente contradictorias.

Tiene razón el reaccionario intelectual orgánico del régimen bushita Samuel Huntington, cuando expresa anglosajones temores por la ola morena que no sólo castellaniza a la cultura anglo, sino que, cada vez más, indianiza espacios del territorio estadunidense y genera cambios insospechados en las relaciones sociales.

No todos los mexicanos sufren el síndrome Wall Mart (sinónimo de derrota “blanda” en las urbes y conurbes), pero cada vez más mexicanos padecen la explotación desaforada de los patrones estilo wallmart. El encogimiento de los derechos laborales y agrarios en el México neoliberal se empata con la ausencia de derechos de cualquier tipo para quienes, por el sencillo hecho de encontrarse en Estados Unidos, están fuera de la ley.

Resulta comprensible el disgusto de puristas y xenófobos, el castellano ya es la segunda lengua nacional en Estados Unidos, y los “latinos” (concepto que incluye “indios”) el sector de la población que más crece. Por lo demás, en las décadas recientes se ha construido una intrincada red de veredas y atajos que regresan a los pueblos de origen a Oaxaca, Guerrero, Michoacán, y sirven como escape de la pobreza para las nuevas generaciones. Espejismo u oportunidad, este movimiento poblacional habla en lenguas, traduce el primer mundo al mixteco, purépecha, maya, náhuatl, tzotzil, zapoteco. También ingresa a una meleé sociocultural que puede devorarlos: nueva versión del sempiterno “integración o muerte” de los virreyes, los dictadores, los presidentes, y ahora los gerentes.

Se aproxima el momento en que se ha de escribir, ya no la historia de México, sino la historia del pueblo de México. Sólo así podremos ver completa la fotografía. Y si esta historia la escriben los propios pueblos (como lo estamos viendo en Chiapas, Oaxaca, el df, las calles de Nueva York y Chicago, los campos de North Carolina o el Valle de San Joaquín), significará que su historia tiene para rato.

No se pueden minimizar aquí los efectos de la contrainsurgencia (de aliento gubernamental, deliberado y vergonzante) en los “focos rojos” de Chiapas, Guerrero, Michoacán, Oaxaca, Estado de México. Ni el efecto “contra” de los desarraigos, por el desdibujamiento cultural al que se exponen las comunidades. Cuando migran al vientre de la ballena, ponen a prueba sus lazos de fraternidad y solidaridad comunitaria. Los programas asistenciales (“sociales”) del gobierno (sea pri, sea pan) crean brechas y enfrentan a las comunidades. De modo similar, el pasaje a la “legalidad” de algunos mexicanos en Estados Unidos los convierte en lobos de sus propios hermanos, a quienes llevan ventaja en su integración al sistema yanqui y ven a los nuevos indocumentados como rivales. No fue por mera puntada que muchos mexicano-estadunidenses votaron por Arnold Schwarzenegger para gobernador de California: apoyaban su “proteccionismo”, pues se consideran “dentro” del aro “protegido”.

Si bien los migrantes indígenas se integran con menor intensidad al american way que otros conacionales, la distancia pone en riesgo los lazos familiares, comunitarios, regionales y hasta nacionales. Se sobreponen a la doble dificultad de ser ilegales mexicanos, y para colmo indios, y consiguen conformar frentes, asociaciones y comunidades con efecto social, político y cívico en su tierra de origen, y en aquella donde los trasplantan el apremio económico, el hambre, la injusticia y la violencia.

Aunque los cacicazgos mismos de las Mixtecas poblana y oaxaqueña, la sierra Juárez, la Meseta Purépecha, Yucatán o Chamula ya se rifan, negocian y hasta construyen desde Estados Unidos, resulta más relevante la construcción/reconstrucción de identidades y dignidades. Dicho sin esquematizar: los efectos de la migración en cientos de comunidades indígenas son también disgregadores, descampesinizantes y hasta etnocidas.

Resulta indispensable aprovechar las experiencias de organización, reconstrucción económica y despertar cultural que se generan al otro lado de la diáspora y más allá del concepto geográfico de “frontera”. El fenómeno migratorio involucra a millones de mexicanos. Se habla mucho, pero es relativamente poco lo que se hace para entender y documentar. ¿Cómo se construyen la ciudadanía transnacional (o binacional), las organizaciones productivas, culturales, laborales? ¿Cómo se conservan y regeneran comunidades lingüísticas que retan al absolutismo doble de los idiomas inglés y castellano?

La migración indígena es una reacción al desastre económico, agrario y social que el sistema político ha provocado desde hace mucho, y que con su conversión al neoliberalismo desnacionalizador se está volviendo uno de los ejes de la aniquilación de México como lo entendíamos. Pero también en una oportunidad paradójica de liberación y reconstitución de los pueblos indígenas mexicanos. Hoy que las fronteras resultan más vastas que los países, algunas naciones corren más riesgo que los pueblos originarios que las existen en los márgenes, al fondo, en la raíz.

Notas a partir del libro Indígenas mexicanos migrantes en Estados Unidos,
compilado por Jonathan Fox y Gaspar Rivera-Salgado (Miguel Ángel Porrúa, México2005).

la jornada http://www.jornada.unam.mx/2005/04/13/oja96-frontera.html

Leave a reply

required

required

optional